Si nos paramos a tomar conciencia del momento y el lugar en el que nos movemos, nos sentimos extraños, pero no ocurre igual, en el momento en el que nos acercamos a otra época, cuya rareza nos extraña, sin sentirnos ajenos ni fuera de lugar, como si algo dentro de nosotros la reconociera. Y crece en nosotros, se multiplica, una vez que investigamos.
La primera vez que tuve contacto con otras épocas, fue a través de una enciclopedia que me compró mi padre (aún la conservo), en la cual había muchas porciones de culturas más cercanas, más lejanas. Cada página contaba con imágenes, pero no fotografías, sino pinturas de fotografías, que después he ido reconociendo conforme crecía, encontrándolas a medida que indagaba. De todas ellas, mi favorita era la de los dioses griegos, cuyo color (entonces lo ignoraba) imitaba el de la pintura de la cerámica de figuras negras. La composición enmarcaba (todavía lo hace) las dos páginas que ocupa el texto.
Ese fue mi primer reconocimiento con un rastro -más arriba dije atisbo- de humanidad. Si no hubiera sucedido de este modo, no existiría este espacio, años más tarde, donde puedo escribir estas palabras.



























