11 marzo 2015

MICRORRELATO


Cuando bajé del tren en la estación de Lyon, oí una voz que me llamaba por mi nombre: era Torcuato, un viejo conocido que era maquinista. Ignorándolo, habíamos compartido el mismo destino. Pero, mientras yo tardé 365 páginas, un café y un "pain au chocolat", él vigilaba las vías del tren.

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