17 enero 2014

Pervivencia de la despedida de Héctor y Andrómaca (ensayo)

Leíamos no hace mucho una adaptación de la "Ilíada" -para jóvenes de 12 a 16 años- en clase de Lengua Española, en un curso de 2º E.S.O., y entre los muchos comentarios sobre el contenido, a cada párrafo -prácticamente-, que estábamos obligados a hacer, nos detuvimos en el notorio episodio del encuentro -despedida- de Héctor y Andrómaca (canto VI). Surgió un motivo de análisis y de introducción a dichos alumnos en el juego de temas y motivos literarios que se repiten, con sus modificaciones pertinentes -y al gusto e interés de un autor dado-, a lo largo de la historia de la literatura. Claro es, dada su corta edad, y al bajo nivel (desgraciadamente) bajo de conocimientos, nos vimos en la necesidad de echar mano del recurso audiovisual del cine para hallar semejanzas. Casi sin querer dio lugar a este pequeño ensayo que tienes la oportunidad de leer.

Héctor llegó a palacio en busca de su esposa Andrómaca, y no encontrándola, le informaron de que, habiendo escuchado que los aqueos habían atacado con gran ímpetu, había subido con su hijo hacia la gran torre de la ciudadela. Hacia allí se dirigió Héctor, donde fue recibido por una esposa alterada y temerosa, la cual le imploró que desistiera de enfrentarse a los aqueos, y al más temible de todos, Aquiles.
Héctor, como corresponde a un regio héroe, aplacó a su esposa tratando de explicarle que esa acción no le sería propia, aun consciente del peligro que le acecha: "...Yo también he pensado estas cosas, pero más grande vergüenza sentiría ante los troyanos y las troyanas de peplos holgados si me vieran huir de la lucha como hace un cobarde. A ello no me da pie el corazón, que aprendí a ser valiente siempre..."; y el héroe vaticina el desastre de Troya: "...Bien mi intuición y mi corazón lo saben, día habrá de llegar en el que perezca Ilión..."; y a continuación llegan las siguientes palabras: "...Pero no tanto me inquieta el futuro funesto de los troyanos, ni la vida de Príamo, el rey, ni la de Hécuba, ni la de mis hermanos...como tú, cuando algún aqueo te lleve llorando y te prive de la libertad. Quizás en Argos tejas para otras las telas, tal vez vayas por agua a la fuente...contrariada porque sobre ti pesen las estrecheces. Y quizá alguien diga cuando te vea llorar "fue mujer de Héctor el más valiente de todos los troyanos..." ".
Una vez acabó su parlamento tomó a su hijo Astianacte en sus brazos, rogó por él a los dioses, y colocándolo en los brazos de Andrómaca le dijo: "...Que tu corazón no se aflija en exceso porque nadie podrá contra el hado de arrojarme en el Hades y el destino no puede evitarlo ningún hombre nacido...". Le instó a que volviese a sus quehaceres, se puso de nuevo el casco y volvió a la batalla. De la que no volvería.
La épica castellana ofrece un episodio que tiene como antecedente la despedida de la pareja troyana: "La despedida de D. Rodrigo Ruiz de Vivar, el Cid, de su esposa Dª Jimena y sus hijas" ("El Cantar del Destierro").
Antes de partir hacia el destierro, el Cid cabalgó hasta S. Pedro de Cardeña acompañado de los caballeros que le servían. Al inicio del alba, allí se encontró a doña Jimena y a cinco damas que rogaban a S. Pedro por la suerte del héroe castellano. Después de dejar las instrucciones convenientes para su esposa e hijas, doña Jimena lamenta el desamparo en el que quedan y le pide a su esposo consejo.
Como sucede en el episodio homérico, "el de hermosa barba alargó las manos, cogió a sus hijas en brazos, y las acercó a su corazón...". En el relato griego, se describe el penacho de crin de caballo, del que se desprende Héctor porque asusta a Astianacte, antes de tomarlo cerca de sí, aquí, en cambio, se utiliza la imagen de "el de hermosa barba". Y continuación don Rodrigo dice: "...Doña Jimena, mi excelente mujer, os quiero tanto como a mi alma. Ya lo veis: hemos de separarnos. Yo tengo que alejarme, y vos vais a quedaros aquí. ¡Oh, plegue a Dios y a Santa María que pueda casar con mis propias manos a éstas mis hijas, y aún me quede vida para gozar de tanta ventura y serviros a vos, mujer honrada...". Aunque quién sabe lo que el destino le puede deparar, el tono del parlamento es más esperanzador que el de Héctor, el cual, es patente, lo llena de pesimismo.
Tras todo un episodio narrado, en el que es agasajado y visita a conocidos y allegados, va a oír misa y rezar. En Homero la despedida se resuelve sólo en un encuentro. Y el momento cultual de invocación de Héctor a los dioses aquí se transforma en la misa y oración: "(doña Jimena)...señor del mundo, en ti adoro y creo de corazón y ruego a S.Pedro que me ayude a implorarte para que guardes de todo mal a mi Cid Campeador, y puesto que ahora nos separamos, nos concedas volver a juntarnos en esta vida", es decir se invierten los papeles: "(Héctor)...Zeus y todos los dioses haced que mi hijo sea como yo..."; Héctor ruega, y pide por su hijo frente a doña Jimena que reza por su marido.
Las palabras finales corresponden al héroe castellano -igual que a Héctor: "...A Dios, Padre Espiritual de todos, os encomiendo. Ahora nos separamos, pero sabe Dios cuándo volveremos a reunirnos". Lo harán.

¿Qué vamos a comentar del final de esta estupenda película?¿De esa despedida definitiva que encoje el estómago, y dónde las miradas lo dicen todo?
La película se desarrolla durante la Segunda Guerra Mundial, es decir, aparece de fondo un ambiente bélico, hostil, de peligro.

Si bien es una obra teatral, antes que una película, a los chicos les sonaban más las imágenes que su existencia en palabras que pueden ser representadas.

Otra película que merece la pena ser comentada.


Y por alguna razón (vaya) en la memoria de la incipiente adolescencia la pareja Aragorn y dama Arwen despidiéndose antes de que parta la Compañía del Anillo.
(c) Iohannes Junio2006

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