Cierta teoría corrió en los medios revolucionarios en Rusia alrededor de 1917. Se refería al sexo, y era la teoría del "vaso de agua". Propiciaba la libertad sexual en tanto afirmaba que tener sexo es como tomar un vaso de agua. Deberíamos saciar el apetito sexual del mismo modo simple y directo, acostándonos con quien queramos y con la mayor facilidad. El que tiene sed bebe agua, el que tiene un deseo se calma con una relación sexual.
Esta teoría, que tuvo sus continuadores, sus detractores, y sus opositores teóricos, por razones que no vienen al caso, viene a romper después de veinte siglos con la idea del pecado de la moral cristiana. Sepamos -no perdamos de vista- que la sexualidad forma parte de la vida y es un craso error obviarlo como si no viniéramos más que a sufrir a este mundo, y demonizarlo con una jerarquía de actos pecaminosos fuera del dogma impuesto, de que todo lo que no sea dentro del matrimonio heterosexual y bendecido en un altar es el camino hacia el abismo.

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